miércoles, 6 de diciembre de 2017

La estrella de oriente siempre señala nuestra casa en Navidad.



  Hace millones de años, nuestros antepasados caminaban apoyando las manos en el suelo. Eran tiempos en los que aún éramos cuadrúpedos, y en la hominización jugó un papel esencial la bipedestación.
  Hoy en día, los antropólogos continúan estudiando la evolución humana hasta la irrupción del homo sapiens, pero desconocen que fueron los más pequeños quienes empezaron a usar las manos liberadas de la acción locomotora. Todo comenzó en Jugalandia, una tierra bañada por un fértil río, con abundante vegetación, caza y excelente temperatura.
  Los niños se aburrían y aturdían con constantes brincos a sus cuidadores porque les impedían realizar las tareas diarias sin sobresaltos. Una noche se reunieron en la orilla del río los más sabios del lugar con la finalidad de buscar una solución para entretener a sus hijos y poder disfrutar de momentos de descanso y trabajar sin perturbaciones. Los debates fueron largos y parecía que no se encontraba solución alguna.
  Tras un largo silencio, Juguete, que era uno de los más juiciosos de los allí presentes, se levantó y se dirigió a sus compañeros en los siguientes términos:
  – La solución está en que ocupemos sus manos con algo y de esta forma, caminarán solo con los pies. Les haremos jugar y que se lo pasen bien haciéndoles transportar con ellas la comida y las cosas que necesitemos en nuestros desplazamientos.
  La idea convenció a todos, pero Muñeca, mujer de extraordinaria sagacidad, intervino objetando que las manos desarrolladas para ser soporte en el movimiento, necesitarían de un período de aprendizaje de habilidades de los dedos antes de que los pequeños pudieran realizar cualquier tipo de  actividades.
  Y de esta forma, Juguete y Muñeca fueron aclamados por unanimidad y se les liberó de cooperar en los trabajos comunitarios con el objetivo de quedar al cuidado de los pequeños y enseñarles a manejar sus manos. A partir de entonces, los niños aprendieron a usarlas con juguetes y muñecas, que tomaron sus respectivos nombres en honor de  sus mentores.
  Como los niños aprendieron a moverse erguidos y a llevar sus manos libres, los mayores decidieron imitarlos y con el paso del tiempo consiguieron fabricar utensilios y armas para cazar. En Jugalandia los hombres aprendieron que el juego suponía crear un mundo inventado sobre el dominio del espíritu, junto al que les brindaba la naturaleza tangible.
  Descubrieron que el acto de jugar estaba al margen de las obligaciones diarias, de las normas, de la verdad, de lo bueno y de lo malo, y que jugar les hacía libres. Pero también aprendieron a recorrer largas distancias en busca de alimentos y en consecuencia, a alejarse de las familias.
 Los niños habían conseguido liberar las manos aprendiendo a jugar con ellas, y los mayores habían aprendido a elaborar útiles y recorrer largas distancias al poder portar sus herramientas en búsqueda de mejores lugares y condiciones de vida. La especialización del trabajo y el fenómeno migratorio asociado se fue imponiendo produciendo un sentimiento de nostalgia y tristeza por el alejamiento de los seres queridos.
  Así ocurrió, y los más jóvenes se alejaban cada día más de sus mayores explorando nuevos territorios. Todos sentían una inmensa gratitud hacia Juguete y Muñeca porque gracias a su labor, sus manos podían ocuparlas transportando enseres, y al caminar con la mirada alzada, oteaban mejor los matorrales y divisaban con antelación a los animales depredadores. Transcurrió mucho tiempo y cada vez más, las familias se distanciaban con los ritos de paso asociados a la marcha de sus hijos de casa, en busca de su propia independencia, lo que produjo una profunda pena.
  Padres y abuelos sentían un gran pesar al comprobar que no regresaban los hijos y nietos a sus hogares y que las cartas, noticias y albricias recibidas eran insuficientes porque no podían acariciar, sentir ni mirar a sus seres más queridos. Las personas comenzaron a disponer de mayores comodidades materiales, mas nada impulsaba a reunirse de vez en cuando a las familias.
  Pero quiso Dios traer al mundo a su Hijo y su Espíritu, hacerse Hombre y habitar entre nosotros. Su luz, es la luz del mundo (Jn 8,12) y nos enseñó que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él (Mc 10, 15). Su omniscencia le hacía sabedor de la importancia de los niños y de las cosas que ocurrieron en Jugalandia.
  El Espíritu se instalaría en nuestros corazones y se convertiría en el motor del mundo, de manera que en Navidad, su fuerza nos impelería a reunirnos en una mesa junto a la familia, llenos de buena voluntad y compasión. Pero la naturaleza del Espíritu es inmaterial y la ceguera de los hombres impedía desentrañarlo. Jesús ya había advertido a sus discípulos que hablaba por medio de parábolas a la gente porque “a vosotros Dios os ha dado a conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no” (Mt 13,11), por ello grandes sabios como Aristóteles se encargaron de ilustrarnos:
 “El escaso concepto que podemos alcanzar en lo referente a las cosas celestes, nos proporciona, debido a su excelencia, más placer que todo nuestro conocimiento sobre el mundo en que vivimos, de la misma manera que la ojeada furtiva de las personas a quienes amamos es más deliciosa que la plena contemplación de otra cosa cualquiera, sea cual fuere su número y dimensiones”.
  El Niño Dios terminó atrapándonos en una mesa para impulsarnos a volver a casa por Navidad, pero tuvo que contar con la complicidad de los más pequeños. Sabedor de que Juquete y Muñeca les habían enseñado a no aburrirse jamás y que jugando con sus manos podían crear mundos de fantasía y libertad, reunió un día a los Reyes Magos y les ordenó que en lo sucesivo, para celebrar su Epifanía, repartieran regalos y que los dejaran en todas las casas.
 El Niño Dios igualmente había acordado en reunión secreta con los niños, que como antaño en Jugalandia, dieran toda la lata posible a los padres y así obligarlos a regresar a sus hogares para disfrutar de los presentes recibidos. Naturalmente obró el milagro, y en unas Navidades hace mucho tiempo, al amanecer de la Noche Mágica, las viviendas quedaron inundadas de juguetes.
  Los pequeños al recibir la noticia y en complicidad con el Niño Dios, dieron la tabarra y obligaron a sus padres a llevarlos junto a los abuelos. Papá Noel no quiso ser menos y se sumó al proyecto en las Navidades siguientes. El Consejo de sabios volvió a reunirse y en gratitud hacia los niños por habernos enseñado a liberar las manos de la locomoción, y por haber conseguido reunir a las familias, tras una declaración solemne, les otorgó una Carta de derechos del niño como el de jugar, el de tener una familia, y el de protegerlos contra el trabajo infantil.
  Y es que después de aprender a caminar y recorrer muchos caminos con las manos libres, necesitamos de la Navidad para descansar, reflexionar y reunirnos juntos a los seres queridos.
  La recomendación de Jesús de recibir su reino como un niño es la clave.
  ¿Cómo definir la Navidad? ¿Cómo no identificarla con la infancia?
  Quizá sólo sea cuestión de vivirla. Así que estas Fiestas hay que atraparlas, disfrutarlas y conservar su Espíritu. Y si no es nuestro momento particular, siempre habrá otra oportunidad en las siguientes. Congregarnos, ojear furtivamente a las personas importantes en nuestra vida, compartir nuestras inquietudes, miserias y alegrías es tal vez una experiencia que solo podamos vivir en Navidad.
  Y todo comenzó porque en Jugalandia, los niños antes de aprender a jugar, se aburrían y obligaron a adoptar una estrategia a los mayores que terminó por liberarnos del encadenamiento de las manos al suelo. Y muchos años después, otro Niño, impulsó a modo de soplido etéreo y universal su Espíritu en forma de fuerza gravitatoria que nos obliga a volver a casa.
  Si no lo percibimos, observemos el cielo: la estrella de oriente siempre ilumina nuestro hogar en Navidad.

Publicado en diciembre de 2010 en encuentos.

martes, 5 de diciembre de 2017

Los adultos también escriben cartas a los Reyes Magos.

                                                    Cabalgata de Alcoy.

 Hace mucho tiempo, los adultos, decepcionados por no recibir regalos en Navidad, se reunieron y decidieron volver a escribir cartas a Sus Majestades los Reyes Magos y a Papá Noel. Dichas peticiones desbordaban toda su capacidad operativa porque no disponían de mercancías suficientes en los almacenes de Oriente y las tierras laponas del Polo Norte, de manera que reunidos en Consejo Real, decidieron tras deliberar, optar por no atender las peticiones de las personas mayores porque si lo hicieran, sería imposible repartir juguetes a todos los niños.
    Así ocurrió y en las Navidades más frías que se recuerdan, en los trineos y camellos no se cargaron nada más que los pedidos de los pequeños. Los adultos reaccionaron y tras largos debates, optaron por enviar una larga misiva reivindicativa en la que informaban a sus Majestades, que en lo sucesivo impedirían a sus hijos escribirles en Navidad como medida de presión.
  Las Fiestas se volvieron tristes y aunque los niños recibían obsequios, la magia de la sorpresa y el misterio desaparecieron. Sin fantasía, sin encanto, sin el elemento lúdico, los pueblos se volvieron insípidos, descarnados, sin alma. Los Reyes Magos se quedaron sin trabajo, perplejos e impotentes. Baltasar, el más sabio de todos, ordenó a su paje acudir a negociar con los adultos. Tras muchas horas y días de discusiones, hubo acuerdo unánime.
  Gaspar y Melchor aceptaron la propuesta de incluir presentes para todos, pero Papá Noel reparó en un hecho de capital importancia: las tareas de reparto no podrían concluirlas en una sola noche.
  -Los regalos de los adultos no pueden ser objetos embalados en cajas ni ocupar sitio en las alforjas de los camellos ni en el trineo-. Sentenció mesándose su larga barba blanca.
  El Consejo Real comunicó a los adultos la imposibilitad de cumplir lo pactado y la respuesta de éstos fue unánime:
  -Nos seguiremos encargando nosotros mismos, de poner los regalos a los niños, así que seguiréis sin sentir el cariño de ellos-. Afirmó con rotundidad el portavoz de los mayores.

  Nuestros Reyes Magos, se encerraron en su palacio y se dedicaron a estudiar los cielos, a trabajar con intensidad para aliviar la pérdida de afecto y ocupar su tiempo. Ahora no tenían que encargarse durante todo el año, de estudiar la ubicación de los balcones de las casas habitadas por los pequeños, ni de anotar y dibujar planos para no perder un instante en la noche mágica, salvo el que necesitaban los camellos aprovisionándose de comida y bebida en cada domicilio para reponerse del esfuerzo y poder continuar el reparto antes del amanecer. Además, los pajes quedaron ociosos porque ellos eran los encargados de vigilar las buenas acciones de los niños.
  Los Reyes Magos eran discípulos de Platón, que era un filósofo muy sabio, y había dado instrucciones para estudiar los movimientos de los planetas a sus alumnos. De manera que se pusieron a mirar el firmamento y a contemplar Mercurio, Venus, Júpiter, Saturno y la Luna.
 Una noche clara, contemplaron una estrella fugaz, algo inverosímil porque según el Maestro, las estrellas estaban fijadas en una esfera y no tenían movimiento. Tan solo esos astros juguetones, se movían en un cielo tranquilo e inmutable, y el hecho de que fuera una estrella la que se moviera en el espacio celeste, lo consideraron un suceso extraordinario.
  Convencidos de que la aparición de la estrella era señal de buenos augurios y presagios, dispusieron la marcha siguiendo su estela errante. Dormían durante el día para poder estudiar su luminosidad en la oscuridad de la noche. Repasaron todos los libros de astronomía y gracias a sus predicciones astrológicas llegaron a una conclusión.
  Se presentaron en Jerusalén y preguntaron: ¿dónde está el Niño Dios que ha nacido? Hemos visto su estrella en el oriente y venimos a adorarlo.
  Lo que ocurrió después está escrito en los libros, y los Reyes tras llegar a Belén, un pueblo de Judea, postrarse ante Él y ofrecerle como regalo oro, incienso y mirra, regresaron a sus países.

  Los Reyes partieron convencidos de que con motivo del nacimiento del Niño Jesús, los adultos recapacitarían y volverían a estar ocupados encargándose de repartir juguetes.
  Pero no fue así porque Herodes mandó matar a todos los santos inocentes menores de dos años temeroso de que el Niño Jesús ocupara su trono.
 Pasaron unos cuantos años sin que Sus Majestades recibieran cartas pidiéndoles regalos los niños. Pero un día recibieron una muy especial. El Niño Jesús les conminaba a que volvieran a repartir fantasía e ilusión a los pequeños. Celebraron con gran júbilo la recepción de la misiva divina, y convinieron en partir hacia Nazaret, porque así podía leerse en el sobre su lugar de procedencia.
  El Niño Jesús había crecido y sus reflexiones eran sabias y profundas como correspondía a su naturaleza divina. Los Reyes Magos le trasladaron la objeción de Papá Noel de que les sería imposible repartir en una sola noche regalos a todas las personas puesto que no dispondrían ni de tiempo ni de espacio en las alforjas de los camellos ni en el trineo.
 El Niño Jesús les hizo leer un pasaje de las Sagradas Escrituras y les dejó meditar.- “Sabiduría 7- 24- Pues más móvil que todo movimiento es la sabiduría, y con su pureza todo lo atraviesa y lo penetra”- Leyó en voz alta Melchor.
  De repente, Gaspar suspiró y en un tono alegre dijo:
  -Tengo la solución.
  Nuevamente regresaron a sus palacios convencidos de que el Niño Jesús lo que quería era que se recordase y proclamase la redención con su Nacimiento, es decir la fe de que había venido para festejar nuestra salvación, y que había que acogerlo en nuestros corazones.
  Y así sucedió. Los hombres y mujeres comprendieron que era un regalo mucho más valioso el hermanamiento, la paz, la solidaridad, la alegría, el compartir mesa y mantel con la familia, los villancicos, los belenes, los arbolitos, las luces, el espíritu navideño, el amor, los deseos, proyectos, y la certeza de que si no es el momento de uno, todo volverá a ocurrir, porque cada año vuelve a nacer el Niño Jesús.

  Las cartas volvieron a invadir el palacio real y las tierras septentrionales. Papá Noel tuvo que volver a engordar para soportar el frío de la intemperie en la Noche Buena y Melchor, Gaspar y Baltasar interrumpieron sus estudios de astrología para dedicarse a organizar las Cabalgatas y la compra de juguetes con la ayuda de sus pajes.
  La intolerancia había sido superada por el daguerrotipo de cualquier niño en el instante en que al levantarse descubre sus regalos junto a sus zapatos, ese momento de felicidad sincera, de alegría de vivir, que contagia y prende la mecha del amor en nuestros corazones, tal y como quería el Niño Dios.
  Y es que la Navidad consiste en eso: en un regalo, en forma de juguetes e ilusión para los niños; y de solidaridad y esperanza para los adultos. Por ello, también las personas mayores escribimos cartas a los Reyes Magos.

    Publicado el 3/11/17 en encuentos.


sábado, 11 de noviembre de 2017

El pitorio. Un rito de solidaridad de Campanario.


  “La inclinación de los hombres a la ayuda mutua tiene un origen tan remoto y está tan profundamente entrelazada con todo el desarrollo pasado de la humanidad, que los hombres la han conservado hasta la época presente, a pesar de todas las vicisitudes de la historia. Esta inclinación se desarrolló, principalmente, en los períodos de paz y bienestar; pero aún cuando las mayores calamidades azotaban a los hombres, cuando países enteros eran devastados por las guerras, y poblaciones enteras morían de miseria, o gemían bajo el yugo del poder que los oprimía, la misma inclinación, la misma necesidad continuó existiendo en las aldeas y entre las clases más pobres de la población de las ciudades.”-Kropotkin. El apoyo mutuo-.
  El hombre ha configurado su identidad y su cultura a través de los hitos que acontecían en sus vidas: nacimiento, pubertad, matrimonio, sexualidad, muerte...Surgieron de esta forma anudados a estos hitos, los ritos comunitarios: ceremonias grupales de carácter fundamentalmente religioso, realizadas normalmente por especialistas y celebrantes no profesionales; ritos de paso: rituales comunitarios que marcan la transición de un individuo de un estatus individualizado a otro y los ritos de solidaridad: ritos que reafirman la unidad del grupo (clasificación de Marvin Harris).
  Por otra parte, Polanyi analizó las motivaciones que había en la producción y distribución de bienes en las sociedades y las redujo a tres principios: reciprocidad, redistribución y mercado. El principio de reciprocidad según Polanyi aparece en el anillo de kula descrito por Malinowski. En dicha comunidad la idea de ganancia está descartada; la insistencia y el regateo desacreditados y dar generosamente se aclama como una virtud. En otras palabras, dicho sistema económico es una función de su sistema social. El principio de redistribución aparece en el potlactch de los kwakiutl y en los grandes depósitos del imperio de los incas. La distribución está organizada por el jefe, el déspota o el templo y la redistribución obedece a la participación voluntaria en mayor o menor grado de cada miembro con el temor al castigo que impulsa a entregar sus impuestos en especie.
 Sin necesidad de acudir a aldeas lejanas en el Campanario del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX surgió el pitorio como rito comunitario, de paso y de solidaridad en el que la distribución de los bienes en una economía de mercado, se apoyaba en una mezcla de reciprocidad y redistribución, en definitiva, de apoyo muto.
  ¿En qué consistía el pitorio? En un rito en virtud del cual se consolidaban los noviazgos organizándose una fiesta solidaria para recaudar fondos con ocasión de la petición de mano en casa de los padres de la novia. Se realizaba con la antelación suficiente entre seis meses y un año (según los relatos orales que me han llegado) y la finalidad era recibir dádivas para facilitar la integración del nuevo matrimonio en la sociedad atendiendo a sus futuras necesidades económicas y estableciendo lazos de reciprocidad porque dicho rito exigía que el que daba, recibía en los sucesivos pitorios en favor propio o de sus allegados. En palabras de mi abuela Catalina, su casa salió del pitorio.
  El pitorio se reforzaba con los regalos que hacía la suegra a la nuera durante el noviazgo para ir dotándola de enseres necesarios para la casa, como una dote al revés que confiere a este rito un toque de singularidad, que se completaba por los santos,  haciendo entrega igualmente la suegra a la nuera, de cestas con higos, nueces, castañas, etc.
 El pitorio venía a ser un préstamo sin interés que se devolvía redistributiva y solidariamente y que establecía la relación entre suegra y nuera como eje vertebrador de la futura familia nuclear debidamente tutelada por la familia extensa.
  Nuestra literatura, filosofía y en definitiva nuestra antropología están editadas en nuestra forma de vida, eso hace que España sea muy singular y que sus pueblos nos ofrezcan tratados éticos como el discurso de Dieguito en la representación vecinal de la casa de los Diablos que se escenifica cada verano en Campanario. Hay un resurgir de las tradiciones en los museos etnográficos pero no podemos dejar morir nuestro patrimonio inmaterial.
  "Exegi monumentum aere perennius. Regalique situ pyramidum altius...Non omnis moriar...He terminado un monumento más duradero que el bronce y más alto que la vieja mole de las reales pirámides...no moriré del todo"- Epílogo del tercer libro de las Odas de Horacio o la inmortalidad de la literatura en este caso antropológica-.
   Al igual que Horacio reclamo letras y papel para que no se pierdan en el olvido nuestras costumbres, que perviven en el relato de nuestros mayores. Entre bandurrias, canciones y reuniones de mozos en los altozanos del pueblo natal de mi padre..."Ayer se fue; mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar un punto.” -Quevedo-

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