jueves, 20 de agosto de 2015

Violencia contra la mujer y leche sin lactosa.





  La lactasa es una enzima producida en el intestino delgado imprescindible en el proceso de conversión de la lactosa, presente en la leche y productos lácteos. Para las personas intolerantes a la lactosa, se comercializa la leche sin lactosa, pero en realidad es leche con lactosa, a la que se le añade lactasa para que su consumo pueda ser apto para ellas. He aquí un ejemplo de cómo una mentira es útil en la medida en que da un tipo de información sencilla: usted puede consumir esa leche aunque sea intolerante a la lactosa.

  Pero no toda desinformación es inocua. Afirmaba Voltaire que la cultura no suprime la barbarie, la perfecciona, tal vez por ello, el progreso moral camina con el paso cambiado respecto del científico y tecnológico.
  Las sociedades occidentales proclaman y exigen tolerancia cero a la violencia contra la mujer bajo la denominación de machista o de género. Pero, ¿es acertada esta definición?
  La literatura antropológica ha definido como violencia de genero, aquella que se practica contra la mujer para subrayar que la cultura ha edificado una construcción social que no deriva de la naturaleza humana. Este concepto pretende combatir el maltrato psicológico, el abuso personal, la explotación sexual y la agresión física a la que se ve sometida la mujer.

  En síntesis, es una estrategia que pretende erradicar la perpetuación de relación de poder y de sumisión entre hombres y mujeres al considerar que ha sido la cultura como medio de adaptación biológica del ser humano, la que ha consolidado los roles sexuales en la sociedad y establecido lo que denominamos patriarcado o machismo en lenguaje popular.
  En Viena, en 1993, la ONU discriminó positivamente los derechos de las mujeres y declaró expresamente que la violencia contra ellas era una violación de los derechos humanos. Y en 1955 definió que la violencia contra la mujer es “todo acto de violencia sexista que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psíquico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la privada”.
  El concepto de género se introduce pues, con la pretensión de distinguirlo del sexo biológico, para subrayar que la construcción femenina y masculina son producto de la sociedad, y acotarlo frente a las diferencias que produce la propia naturaleza humana.
  La violencia contra la mujer se conceptúa como un aprendizaje adquirido por la endoculturación o socialización y se basa en dos pilares: la misoginia, que es la aversión u odio a las mujeres; y el sexismo, que es la convicción de que su misión en la vida es estar en casa con la pata quebrada.
  La violencia doméstica o violencia de pareja es la expresión más frecuente de la violencia de género. Es violencia producida en el seno de la familia, del matrimonio, pero va más allá pues incluye a parejas que conviven sin ataduras legales, parejas que no han iniciado la convivencia y parejas que se han separado.
  Considero oportuno definir la violencia de género como violencia masculina contra la mujer para diferenciarla de todo tipo de violencia que se produce entre los seres humanos como resultado de sus relaciones afectivas o de filiación: el hijo que maltrata a la madre o padre; el padre o madre que maltrata a sus hijos; la mujer que maltrata a su marido o pareja y los maltratos habidos en el seno de parejas de homosexuales tanto de hombres como de mujeres y cualesquiera otras formas de maltrato que se producen en el seno del hogar entendido como lugar de convivencia.
  Insistimos en la idea de que el concepto de violencia de género nace con la pretensión de luchar contra los mecanismos que han permitido perpetuar la superioridad del hombre frente a la mujer por su mera condición de serlo. Pero subrayando que es la violencia hacia la mujer entendida como pareja, como objeto de posesión, como la parienta, la legítima, novia, compañera, etc. en el marco de una relación heterosexual.
  Es decir, que la violencia de género no es de aplicación a la mujer compañera de trabajo, mujer homosexual respecto de su partenaire, la padecida por el varón a manos de su pareja, ni la violencia entre parejas homosexuales.
  La expresión violencia de género requiere para comprender su dimensión, de información, no es un concepto intuitivo porque en nada tiene que ver con el género gramatical ni con el sexo biológico. Ni pretende que los diccionarios incluyan nuevos vocablos como miembra. En otras palabras, el concepto de género, aspira a la igualdad efectiva entre hombre y mujer, pero como si de una lucha de clases se tratara.

  Lo esencial desde el punto de vista del progreso ético es la persecución de la igualdad efectiva en aras a las oportunidades, salarios, reparto de tareas, educación, custodia de hijos y cualesquiera otras formas de desigualdad que aún pudieren persistir en la sociedad. Se trata de eliminar barreras y obstáculos en aras de la igualdad adjetivada (oportunidades, salario, derechos...), no de pretender que el nuevo hombre sea femenino ni de que la mujer masculinice su vida, aunque haya hombres femeninos y mujeres masculinas heterosexuales. Y por supuesto establecer mecanismos legales para luchar contra el maltrato psicológico, el abuso sexual y la agresión física a la que se somete a la mujer. Ahora bien, hay que desenmascarar la ideología marxista y su concepto de materialismo de la cultura con la que se envuelve en papel de celofán la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. La Ley Orgánica de Violencia de Género es una ley ideológica que no ha venido a paliar la violencia producida contra la mujer, sino todo lo contrario, a aumentar las estadísticas luctuosas.
  Sucesos como el de la muerte de las dos mujeres en Cuenca, evidencian cómo funcionan los paradigmas de las izquierdas. Por un lado, se invoca al machismo como causa de la muerte de mujeres, estableciendo el argumento retórico de que la violencia se deriva del machismo, es decir como si todo hombre que tenga un concepto de superioridad sobre la mujer va por la vida de matón y chulo de mujeres; y por otro lado al mismo tiempo, se invoca el mantra de que no hay que legislar en caliente, y que hay que reinsertar aunque su pronóstico sea desfavorable, al delincuente. Al igual que el etiquetado de la leche sin lactosa, la opinión publicada transmite a la opinión pública que el asesino es un machista pero que es presunto, y que la petición de la pena de cadena perpetua revisable, es cosa de gente retrógrada.
  De la misma forma que la lactasa está presente en la leche para que sea apta para las personas intolerantes a la lactosa, el lenguaje políticamente correcto, incluye como norma de etiquetado, el término presunto, para que el paradigma de que hay que aplicar penas humanas al reo, pueda ser digerido y a su vez impida una legislación más represiva favorecida por el clamor popular.
   El concepto de presunto solo ha de enmarcarse en la literatura jurídica para determinar en aras al principio de legalidad, que en los tribunales, no se puede considerar culpable a una persona hasta que no haya sido juzgada y demostrada su culpabilidad. Pero en la vida real, las víctimas no son presuntas, ni los culpables tampoco, sin embargo los paradigmas se consolidan con el uso dirigido del lenguaje en favor de determinada ideología.
  Parafraseando a Habermas, las mayores injusticias se dan como consecuencia del choque de dos conflictos con la misma ideología: Ley de Violencia de Género y filosofía de las penas de prisión. Leche sin lactosa a la que se añade lactasa para que la opinión pública intolerante a todo tipo de sucesos aberrantes, digiera bien el concepto de progreso de las izquierdas muy anudado al relativismo axiológico.

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