sábado, 7 de mayo de 2016

El Camino de Santiago no es un libro que se pueda escribir para las bibliotecas.



 “-Hola, dije en español, con la misma timidez que experimentaba siempre que era presentado con alguien. Debes estar esperándome. Me llamo Paulo.
  El hombre dejó de esculcar en su mochila y me miró de arriba abajo. Su mirada era fría y no pareció sorprendido por mi llegada. Yo también tuve la vaga sensación de que lo conocía.
 -Sí, estaba esperándote, pero no sabía que te encontraría tan pronto. ¿Qué quieres?
  Me desconcerté un poco con la pregunta y respondí que yo era quien él guiaría por la Vía Láctea en busca de la espada.
  -No es necesario -dijo el hombre-.Si tú quieres, yo puedo encontrarla para ti, pero tienes que decidirlo ahora.
 Cada vez me parecía más extraña aquella conversación con el desconocido. Mientras tanto, como había jurado obediencia, me preparaba para responder. Si él podía encontrar la espada para mí, me ahorraría un tiempo enorme y podría volver luego a atender a las personas y los asuntos dejados en Brasil, que no se apartaban de mi mente. También podría tratarse de un truco, pero no habría ningún mal en responder.
  Resolví decir que sí y de repente, detrás de mí, oí una voz que hablaba en español, con un acento marcadísimo:
  -No es necesario subir una montaña para saber si es alta. ¡Era la contraseña!”
                                   -Paulo Coelho- El Peregrino- Diario de un mago-.

   La pretensión de conocer la esencia del Camino de Santiago, su mística, su esfuerzo, sus vivencias, su espiritualidad...leyendo sus best sellers, es la misma que pretender conocer el Everest con un atlas de geografía.
 No es mi intención hacer una crítica de dichas publicaciones, muchas de ellas han contribuido al aumento de la peregrinación como fenómeno de masas, y en todo caso, las guías son indispensables para planificar tu camino, pero identificar el Camino con un libro de autoayuda, o sintetizarlo en aforismos de éxito como: “El barco está más seguro cuando está en el puerto, pero no es para eso que se construyeron los barcos”, de Paulo Coelho es como desear tener sexo tántrico en cinco minutos.

 El Camino de Santiago es la búsqueda de un yo renovado, de su interiorización y de la salida al encuentro de la felicidad que es un misterio y como tal se nos des-vela y no se nos revela, y exige un esfuerzo personal muy alejado de “la ilusión de que la angustia se va a resolver rápido, aunque sea algo muy complejo”-Enrique Novelli- El manual de autoayuda termina siendo un lexatin que identifica la felicidad con el placer.


  “Puedes programar tu mente para aumentar tu autoestima y ser feliz. Es un entrenamiento de solo cinco minutos diarios y por Internet. Con ejercicios simples, la mente aprende a defender la felicidad y no el sufrimiento”, afirma Leonardo Stemberg, autor de numerosos ensayos de autoayuda. Pero ese camino lleva a la concepción de la felicidad no como un misterio de la vida, sino como un mero ejercicio donde si no tienes musculatura no aguantas y te hundes en la angustia.

  En otras palabras, vivimos en la modernidad líquida que preconizara Bauman, donde la identidad personal busca la autorrealización, pero está abocada a una constante inconclusión porque carece de un telos (fin, propósito, objetivo, tendencia) en la modernidad tardía. El devorador de manuales de autoayuda busca el recipiente adecuado en el que dar forma a su estado líquido, despreocupándose de lo sólido, de la roca en la que se han de convertir nuestros principios. Relativismo, buenismo y pensamiento Alicia, son nuestras señas de identidad, validas para conservarse en el frigorífico, pero no aptas para una vida sin ambiente protector.


  ¿Por qué nos gusta el Camino? Porque tiene esa poderosa capacidad para hacernos vivir las cosas que nos gusta vivir, porque “la riqueza interior resulta de los conflictos que se tienen con uno mismo”-Ciorán- y no de esa huida que prescriben los libros de autoayuda. “¿Por qué débiles corazones, querer sacarme mi elemento de fuego a mí que solo puedo vivir en el combate? Son siempre las palabras impacientes quienes precipitan a los mortales y les impiden gozar del maduro instante de la perfección”-Hölderlin-.

  Es muy sencillo, al Camino, no le hagas trampas, vívelo con intensidad y deja lo que te sobre y coge lo que necesites.

  ¿Anhelas lo infinito? Ve tras lo finito en todas las direcciones, sentenció Goethe. Persigue al Camino en todas sus dimensiones. A diferencia de la literatura, no se trata de evadirse ni de una mera recreación estética en los tiempos en los que Hegel mató al arte, sino de una renovación interior, de un viaje con dolor para conocer tu cuerpo, de soledad para conocer tu alma, y de acercamiento al Otro sin miedo desde la fraternidad e igualdad entre peregrinos para posibilitar aunque solo sea por unos días, la única utopía posible del ser humano.
  Los libros sobre el Camino, no son el Camino, son fuentes de información, de pasatiempo, de recreación histórica, etc. pero no representan la esencia del Camino. “Y mira que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente”-Cortázar-. Esos libros te llevan a una relación con el Camino como con la Maga de Rayuela: “Como si fuera una mujer que te pasa su mano fina y transparente por los muslos, retardando la caricia que te arranca por un rato a esa vigilancia en pleno vacío. Demasiado tarde siempre porque aunque le hagas muchas veces el amor, percibes que la felicidad tiene que ser otra cosa, algo quizá más triste que esa paz y ese placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad”.

  El Camino hay que vivirlo, prefiero el relato de la experiencia del hospitalero que te anima a que Sigas Caminando, a que compartas tu alma, tus sentimientos, tus experiencias y también tus miedos, a mil manuales gnósticos, novelas, recreaciones históricas y a gurús que ni siquiera terminaron el Camino.


  Donde la filosofía no llega, ni el lenguaje alcanza a definir, solo tenemos dos opciones: o poesía o vivir la emoción. Los libros sobre el Camino de Santiago, salvo excepciones, ni son poesía ni consiguen que vivas la emoción. No encontraremos a una Regenta o a Madame Bovary ambientadas en el Camino, ni la inspiración para Neruda, Benedetti o Machado, porque “Se equivocó la paloma. Se equivocaba. Por ir al Norte fue al Sur”-Alberti-y perdió la senda de la flecha.
  El Camino es mucho más que una historia de amor, más que un caminar, más que un sentir, es la suma de las huellas que han dejado millones de peregrinos por donde pisamos, y eso, no hay libro capaz de narrarlo.



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